Rodear de solidaridad al profesor Moncayo
El profesor Moncayo, el caminante de la paz, se debate entre la esperanza y la angustia. Después de doce años, tres meses y veinte días de dolorosa espera escuchó lo que ha luchado tanto para poder escuchar. El mensaje de que su hijo en poder de las Farc sería liberado. Una promesa por la que con los pies llenos de ampollas ha recorrido miles y miles de de kilómetros. Derramado miles de litros de lágrimas. Tocado mil y mil puertas.
Gustavo Moncayo es profesor hace hace 22 años, desde que se graduó como licenciado en Ciencias Sociales en la Universidad de Nariño. El 21 de diciembre de 1997 su hijo mayor, Pablo Emilio, Cabo del Ejército colombiano, fue hecho prisionero en un ataque de las Farc a la Estación de Comunicaciones del Ejército ubicada en el cerro de Patascoy, entre los departamentos de Putumayo y Nariño, al sur de Colombia en los límites con el Ecuador. En esa acción murieron 22 militares, 18 quedaron en manos de la guerrilla y 3 lograron huir.
La semana pasada las Farc anunciaron que liberaría al Cabo Pablo Emilio Moncayo. Para ello reclamaron garantías y la presencia en el acto de entrega de la Cruz Roja Internacional, la Senadora Piedad Córdoba y el Profesor Moncayo. Este anuncio fue recibido con profundas lágrimas no solo por el profesor Moncayo. También por millones de colombianos y colombianas que soñamos con que algún día se acabe el horror del secuestro, las desapariciones forzadas, las torturas, las masacres, los atentados, amenazas, genocidios, exterminios y todas las degradaciones de un conflicto que la oligarquía colombiana prendió hace por lo menos cincuenta años.
Tras el anuncio de la liberación y la solicitud de garantías y la propuesta de Piedad y del Profesor Moncayo para recibir al militar todas las miradas se dirigieron ansiosas al Palacio de Nariño. Pero de Palacio han contestado con un chorro de agua fría que ojalá no frustre la única alegría que el profesor Moncayo y su familia esperan de la vida.
Desde la frialdad, la arrogancia y la indolencia del palacio uribista dijeron que ni la senadora ni el padre pueden ir a que les entreguen al Cabo del Ejército. El mismo que fuera secuestrado, retenido u hecho prisionero “sirviendo a la democracia, las instituciones y la Patria”. El pretexto expresado desde Palacio es que no podían permitir que con esta liberación se hicieran shows de carácter político. Luego silencio total.
La verdad es otra. A Uribe no le gustan los gestos políticos. Le emocionan los hechos de guerra. No quiere que con cada liberación aumente el clamor por el intercambio humanitario y la paz. Pero sobre todo cobra venganza contra el profesor Moncayo quien desde un comienzo ha sido crítico de su política de guerra y ha defendido con pasión la propuesta de la paz y del intercambio humanitario.
La angustia del profesor Moncayo por la suerte de su hijo, similar a la de miles de padres cuyos hijos víctimas de la violencia obliga a pensar en la fatalidad del hijo del humilde profesor y la suerte de los hijos del presidente. El hijo del profesor se pudre en la selva luego de ser capturado portando, como diría Uribe “el uniforme de la patria” mientras que los hijos del presidente, que nunca fueron al servicio militar, se enriquecen escandalosamente abusando de su privilegiada posición.
Pero Uribe será el presidente de Colombia pero no el amo absoluta de la vida y de la muerte.
Por mucho que hagan para que ello sea así.
Es necesario echar a vuelo las campanas de la solidaridad. A expresar de mil maneras el apoyo al profesor Moncayo. Que haya millones de pronunciamientos. Que salgan las banderas blancas a las calles. Que suenen las guitarras, que se eleven al infinito canciones, rezos o poemas. Que derrotemos la arrogancia y la arbitrariedad.
Para que el Profesor Moncayo, luego de haber caminado miles y miles de kilómetros, pueda ir tranquilamente ahora a abrazar a su hijo y llevarlo de regreso a su casa, allá en las hermosas montañas de Sandoná.
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